El viernes por la tarde se rodearon las cosas de manera que, mi familia y yo, dimos un salto y nos plantamos en la costa. Tras unos baños, cogí mi caña y me dispuse a tentar a algún pez que merodease por allí.
Me hubiera encantado llevarme el kayak y hacer curricán, actividad relajante y entretenida donde las haya, pero el escaso tiempo del que disponíamos nos hizo descartar esta opción. Tenía tres escenarios en los que elegir. Playa, ría o mar abierto. Después de escudriñar en la ría y ver que, a parte de pequeñas lisas, las posibilidades eran escasas, decidí intentarlo en mar abierto.
El malecón es desafiante, pero la tranquilidad del mar me permitió aprovechar las horas de luz de las que disponíamos pescando entre aquellos grandes bloques. Fui lanzando sin ningún indicio de que el clouser minnow atrajera la atención de algún pez. Después de un par de horas veo unas pequeñas lisas dando enormes saltos en afanosa huida del que podría ser un gran depredador. Algo allí abajo les había asustado y mucho. Rápidamente lancé a la zona de la que habían desaparecido los pececillos. Tras varios intentos vi salir a un pez que se lanzó sobre la mosca a una velocidad endiablada. No me dio tiempo a casi nada. Clavé en un acto reflejo y miré la linea que colgaba de mi mano izquierda para asegurarme de que no había ningún nudo que diera al traste con la captura. La primera carrera fue rapidísima y potente. Desde ese momento, hasta que pude hacerme con el pez viví una pequeña odisea en la que pude comprobar lo delicado que es descender por los bloques del malecón llenos de verdina, caña en mano y con una buen pez al otro lado de la linea. Después de unos minutos y ya en una zona en la que tenía cierta movilidad, aproveché el vaivén de las olas para poder meter al pez en la sacadera. Acababa de capturar esta preciosa lubina...
Hasta pronto.