La primera de las jornadas fue de reencuentro con un río ya conocido y del que quedé prendado la primera vez que lo visité.
El verano pasado lo pesqué sin ningún resultado (en forma de captura) lo que no significa que no disfrutara como un niño pequeño metido en sus aguas y descubriendo sus rincones...
Pero en esta ocasión sus orillas estaban muertas... Era muy evidente que se había realizado un descaste de lucios pocos días antes. Cientos de cadáveres de cangrejo yacían en el lecho de las márgenes del río. Parece que estos no resisten las descargas eléctricas que adormecen a los grandes exócidos antes de ser capturados. Estas descargas sacan a flote a los peces en un radio de acción de varios metros. El amperaje necesario para adormecer a un gran lucio, hiere gravemente a toda la minitalla existente en los alrededores, sea de la especie que sea. Estos pequeños peces se irán flotando, moribundos, y no dejan rastro en la zona, pero los cangrejos se hunden, quedando en el lecho como muestra de que dicha orilla ha sido arrasada por un fín, a mi parecer, más que cuestionable. En la comunidad de Castilla y León se considera al lucio como gran responsable de la desaparición de la trucha autóctona en los cursos bajos de sus ríos. Curiosamente, otras especies alóctonas y también depredadoras son aceptadas de buen gusto, como son la trucha arcoiris y el hucho. No lo entiendo... Según pude hablar con viejos pescadores de la zona, la principal causa de esta desaparición es la degradación de las aguas, que nada tienen que ver con las de hace cuarenta o cincuenta años. Creo que exterminar al lucio no es la solución del problema.
Fueron de pequeño tamaño, pero el hecho de que fuera el estreno de mi padre con los lucios, le dio un toque emotivo al día.
Al atardecer decidí pescar en un increíblemente ancho remanso, lleno de apostaderos y zonas calientes. Con el agua al límite del badeador me fui adentrando, lanzando en todos los rincones que podía. Entre las columnas de algas, bajo los árboles, tras las piedras... Llegué a un lugar en el que avanzaba muy muy despacio pues parecía perfecto para albergar buenos ejemplares. Mientras seguía con la mirada el recorrido del streamer entre las algas, me dio por mirar a mi izquierda, bajo un manto de plantas flotantes, bajo el que veo la cola de una gran ejemplar pegado al fondo. El grosor de su lomo, casi una cuarta de mi mano y el hecho de que sólo veía medio pez y sobresalía medio metro aproximadamente, me dejó casi paralizado y sin saber muy bien que hacer, pues nunca había tenido un ejemplar de ese tamaño a tres metros de mi....
Bueno, dicho esto os sigo contando.
Con aquel panorama, sólo quedaba escudriñar en todos los rincones con la esperanza de capturar algún pez y disfrutar de los hermosísimos parajes de aquella ribera.
La segunda fue a casi doscientos kilómetros, más al norte, en otro lugar paradisiaco en el que además pesqué junto a mi padre. Fue una jornada llena de alegrías y buenos momentos y además los dos capturamos peces.
Sin lanzar, descolgué la mosca tras las algas, que servían de cobijo al pez, e hice que se hundiera hasta donde se encontraba. Éste, que se percató del señuelo pero no de mi presencia, avanzó sin llegar a atacar perdiendo de vista su enorme cola. De puntillas me asomo por encima de las algas y veo al animal pegado al fondo de un pasillo, entre la vegetación. Era enorme... Posé la mosca unos metros por delante y dejé que la corriente la llevase hasta él para luego moverla sugerentemente a su lado. Ante el contoneo del streamer el lucio reaccionó con un acelerón contundente, lo aspiró y se volvió a pegar al fondo. Dí un cachetazo firme y seco y el pez salió flechado hacia la superficie para luego torcer hacia el manto de algas. Pude apreciar su verdadero tamaño... Sobrepasaba el metro de longitud y era muy proporcionado. Se volvió a sumergir sin influirle en absoluto la fuerte tracción que le infringía con mi brazo. Dando potentísimas sacutidas entre la maleza para liberarse del anzuelo y ante mi absoluta impotencia, consiguió soltarse. Fueron momentos realmente increíbles. El robusto equipo del nueve quedó empequeñecido ante tal derroche de energía... Mientras el streamer quedaba de nuevo a la deriva, el majestuoso animal se marchó hacia otros algueros. Así acabó aquella historia.
Cuando recobré el aliento me di cuenta de que, entre tanto alboroto, me había metido hasta el cuello en el agua y estaba empapado. Perdí la sacadera y estropeé el walkie... Pero nada de eso me importaba. Fue un lance inolvidable.
Si ampliais la imagen me vereis en el centro metido en el agua, en el paraiso.
Con estas y otras vivencias nos volvimos a casa, con la sensación de que la pesca no deja, ni dejará de sorprendernos.
P.D. Quiero agradecer a Eduardo que me cediera su caja de streamers. Puse a pruebas sus eficaces antialgas permitiendome sacar mucho más partido a las jornadas de pesca.
Hasta pronto.
Este altículo tambien ha sido publicado en la revista digital PESCA2 EN LA RED