Siempre que volvemos de hacer algún viaje por nuestro país en el que hemos conocido lugares nuevos, siento una especial necesidad por reencontrarme con alguno de los parajes en los que nací como pescador. Uno de estos rincones está en plena campiña gaditana, donde el Guadalete es represado y se ensancha, invadiendo una gran llanura. En estas playas de agua dulce de suaves orillas y bello y contrastado paisaje, descubrí grandes cosas, algunas de las cuales cambiaron el rumbo de mi vida para siempre. Al pescar en sus bajíos es difícil evitar que se me vayan los ojos hacia las enormes moles calcáreas de la
Sierra de Grazalema que, como grandes gendarmes, vigilan desde las alturas todo el valle del Guadalete, desde su nacimiento hasta su desembocadura en el mar. Hace muchos años, pescando junto a mi padre estas orillas, me comenzó a intrigar una cuestión... ¿cómo se verá este embalse desde aquellas cumbres? Unos meses después, mi hermano Antonio y yo, pisamos la cima del
Torreón, la más llamativa de todas, que con sus 1654 metros de altura sobresale imponente por encima de las demás. Fue un día nublado, en el que no pudimos gozar mucho tiempo de las grandes vistas que normalmente ofrece este majestuoso mirador. Tan sólo se abrió un hueco durante unos minutos, pero fue suficiente para ver la mancha azulada del embalse, haciéndose realidad una de mis ilusiones. Pero las vistas iban mucho más allá: El
Estrecho de Gibraltar, detras la silueta de la
Cordillera del Rif en Marruecos, todo el
Sistema Penibético y hasta las altas cumbres de
Sierra Nevada. Sobrecogedor.
Maravillados por aquellas arrebatadoras sensaciones, tuvimos muy claro que el gran esfuerzo que supone subir una montaña se ve compensado con creces al llegar a la cima. Así nació nuestra profunda afición por la montaña, que tanto mi hermano como yo mantenemos viva.
Aquella fue la primera gran cumbre. Luego siguieron las de la Sierra de Ronda, el Torcal, Tejeda y Almijara, Sierra Nevada, Cazorla, la Sagra, Gredos, Picos de Europa, Los Pirineos, El Atlas, etc... La culminación de esta aventura montañera llegó con las acensiones en Los Alpes, una de las grandes maravillas de nuestro planeta, donde caminas literalmente por el cielo...
Realmente aquella visión desde las aguas del Guadalete cambió mi vida...
Tras la vuelta de nuestra reciente visita a las tierras leonesas, decidimos pasar una tarde en este entrañable lugar.
Mientras acechaba a las carpas me asaltaban muchas de estas sensaciones del pasado, pasándose las horas sin darme cuenta. Ahora que el embalse está casi lleno, los paisajes acentúan su belleza. Los peces fueron saliendo uno detrás de otro. Mientras soltaba una carpa, por el rabillo del ojo veía la siguiente deambulando en busca de alimento.

En poco tiempo más de una docena de ellas cometieron el error de creer que aquella ninfa destartalada era algo interesante que llevarse a la boca.

Con el sol todavía muy alto emprendimos precipitadamente la vuelta a casa... Trufa, en una de sus carreras se clavó un alambre de espino. Preocupados por la inflamación de una de sus patas pusimos tierra de por medio para, en poco más de una hora, estar en la consulta del veterinario en Sevilla. Allí le practicaron las primeras curas a nuestra perrita
Así transcurrió la tarde del lunes en uno de nuestros rincones preferidos...
Una semana después Trufa sigue convaleciente por la seria infección, de la que ha mejorado considerablemente con los días gracias a un fuerte tratamiento.

Hasta pronto.